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Zapata en el arte mexicano

Por: Carlos Segoviano.

Hace unos días me encontré con una nota referente a Emiliano Zapata en la versión digital de una revista de arte contemporáneo. Me causó tremendo impacto que confundieran la celebración de su natalicio con la de su fallecimiento, aunque lo que más me irritó fue que se postulara en el título la relación del líder revolucionario con el arte mexicano, pese a que al adentrarme en el texto, una vez más tuve que tragarme las generalidades relativas a un arte maniatado por el Estado que le dio surgimiento. Creo que una forma importante para poder reencontrarnos con el valor estético que propusieron los creadores posrevolucionarios, es verlo desde las obras mismas, pues en muchos casos la verborrea política no siempre coincidió con la formas artísticas.

El pasado 8 de agosto se cumplieron 136 años del nacimiento del caudillo del sur, buena parte de su fama tiene que ver con su representación por parte del arte mexicano que lo afianzó en la memoria colectiva, a la par de las celebraciones que en su nombre comenzaron a hacerse populares a partir de 1921, como parte de la agenda política de los gobernantes que apostaban por supuestas reivindicaciones agrarias, tal fue el caso de la visita a su tumba en 1924 por parte de Plutarco Elías Calles en plena campaña por la presidencia.

Diego Rivera ya había hecho referencia al conflicto revolucionario desde su estancia en Europa en 1915, a partir del Paisaje Zapatista de corte cubista, en dónde en medio de un sombrero de charro, se perfila un ojo quizá humano o del cañón del rifle, acompañado por un sarape de Saltillo, así como por la orografía del centro de México; no obstante,  no sería hasta en la tercera década del siglo XX, que el muralista ejecutaría algunos de los más importantes recuentos pictóricos de la imagen de Zapata.

En el edificio de la Secretaría de Educación Pública, Rivera proyectó su imagen como el personaje principal en el segundo piso del edificio, que conduce al pueblo a través del Corrido Revolucionario hasta lograr la victoria frente la burguesía económica e intelectual, sin embargo, la representación más impactante es en la que lo cubrió con un manto rojo (comunista) enmarcado por un fondo anaranjado, reminiscencia del dorado bizantino, cual santo “laico” de los tiempos modernos. De hecho, por la misma época, Diego Rivera pintó con iguales tintes metafísicos, en la Universidad de Chapingo, el cadáver de Zapata, el cual fertilizaría la tierra por la cual peleó.

 

En los años treinta, Diego volvió a representar al héroe revolucionario en el Palacio de Cortés en Cuernavaca, a partir de una foto que durante medio siglo se atribuyó a la cámara del alemán Hugo Brehme, pero que al mirar la punta del sable se logra distinguir la firma F.M., quizá del fotógrafo norteamericano McKay. La polémica aún es más grande en la otra imagen de Zapata en el mismo recinto, en dónde lo inmortalizó como el líder que dirige a las huestes campesinas mientras toma las riendas de su caballo inexplicablemente blanco –cuando su corcel favorito en realidad era azabache-  por consejo de Frida Kahlo, aludiendo a que así “era el alma de Zapata”; de esta imagen hizo una segunda versión para un mural móvil que presentó en su exposición individual en el MoMA de NY en 1932. Diego Rivera nuevamente habría de pintar a este personaje portando el lema de “Tierra y Libertad” entre los diversos caudillos de la Independencia y la Revolución, en la escalera de Palacio Nacional.

 

En aquellos tiempos, sin embargo, no todas las imágenes de Zapata fueron aduladoras, la prensa norteamericana lo clasificó de bárbaro e irreverente, por lo cual el gobierno gringo debía encargarse de él, para mantener su control sobre la región norteamericana. Incluso José Clemente Orozco no tuvo concesiones al representar a Zapata con gestos duros en medio de un paisaje árido, apocalíptico, en donde parece arriar a la masas hacia un destino trágico, rumbo a la muerte, pues cabe recordar que Orozco habría de tener una visión negativa no sólo de la revolución, sino de todas las luchas armadas que sólo velaban por los intereses particulares de los dirigentes, enviando a los combatientes a una carnicería.

En 1945, en medio del apogeo del surrealismo en México, tras la presencia de Bretón y Artaud, María Izquierdo pintó una de las imágenes más enigmáticas de Zapata, pues el caudillo no está presente, únicamente un pequeño entierro en el cuál aparecen dos caballos, humanizados por la aflicción que muestran frente al elemento funerario, uno azabache justo como su favorito y otro marrón, color del cual el caudillo también poseía un corcel.

Combatiente a los 14 años en la Revolución, Siqueiros, hizo una referencia a Zapata en los años treinta como parte de su estilo monumental mestizo en donde combino las lecciones del retrato renacentista con elementos de corte prehispánico como el rostro del revolucionario que parece una máscara teotihuacana, empero, no habría de pintar la gesta civil hasta muchos años después, en 1957, en el Castillo de Chapultepec. Pese haber peleado formando parte del bando carrancista parece que para la época, las ideas del repartimiento de tierras de Zapata coinciden con sus ideales comunistas. Zapata aparece detrás de los combatientes, encabezando a los demás líderes revolucionarios en la marcha hacia al progreso, tema constante en este muralista. En uno de los paneles ha puesto a un zapatista que cabalga un equino que parece frenarse, tal como la ilusión que dio la revolución con la llegada de Obregón al poder, sin embargo los conflictos continuaron y continúan; si vemos las líneas de fuerza sobre las que el caballo está montado y recorremos el mural, generando el sueño siqueiriano del cine pintado, pareciese que el corcel sigue galopando, como también la lucha se mantiene, la revolución ininterrumpida, en un país donde las desigualdades siguen presentes, así como los líderes que quieren resolverlas, aunque su presencia parece más cercana a los personajes caricaturescos de Orozco que conducen al pueblo sin aparente inteligencia, como también hubo de representar a Zapata.

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