abcabcabc Sobre Rastros y vestigios… la insostenible apuesta del arte contemporáneo y sus curadores | AUGUR ◆ Estudios Visuales
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Sobre Rastros y vestigios
… la insostenible apuesta del arte contemporáneo y sus curadores

Por: José Alberto Alavez Castellanos.

En la oferta museística, existe un rubro particularmente conflictivo, en el cual, los visitantes se enfrentan a situaciones perceptivas extrañas, incomprensibles y herméticas, que les terminan generando antes dudas y disconformidades, que experiencias estéticas del todo satisfactorias; me refiero a las exposiciones de arte contemporáneo, en especial, a aquellas versadas en arte conceptual.

En esta línea, hace apenas un par de semanas, se inauguró en el Antiguo Colegio de San Ildefonso la muestra Rastros y vestigios: Indagaciones sobre el presente, con piezas de la Colección Isabel y Agustín Coppel (CIAC) y bajo el constructo curatorial de Tatiana Cuevas.

Si se conjuntara la colección de los Coppel, junto con la de la Fundación Jumex, se obtendría no sólo el mayor acervo de arte contemporáneo en México y Latinoamérica, sino quizá, uno de los más importantes del mundo. El acervo de la CIAC, permitió que el planteamiento Rastros y vestigios, contara con piezas de artistas clave en el desarrollo del arte posmoderno, tales como Andy Warhol, Joseph Beuys u On Kawara, adicionados con algunas de las figuras de la inminente contemporaneidad del arte mexicano, como Gabriel Orozco, Abraham Cruzvillegas o Teresa Margolles.

La exposición, en palabras de Tatiana Cuevas, pretende ofrecer al espectador un repertorio de obras “que funcionan como testigos de lo que ha sucedido en nuestra civilización, durante los siglos XX y XXI”. Para infortunio de los visitantes y para desgracia de las obras (algunas de ellas, sin duda, brillantes e interesantísimas), es el protagonismo de la labor curatorial de Cuevas, lo que termina incrementando la opacidad e inaccesibilidad de obras de arte que ya de por sí, pueden resultar opacas e inaccesibles para un buen número de visitantes.

En primer lugar, la propuesta curatorial desacierta al considerar el arte conceptual como un referente para la lectura de la civilización contemporánea. Sucede que la significación –y por supuesto el aprecio- del arte conceptual contemporáneo, opera sólo a partir del conocimiento a priori de la reciente realidad histórica, en conjunto con el entendimiento de los procesos de legitimización de aquellas manifestaciones artísticas que trastocaron al arte en sus formatos, digamos tradicionales, en las primeras décadas del siglo XX.

No se puede esperar que el espectador promedio, no especialista en arte contemporáneo, haga una lectura de una cuerda de guitarra pendiendo de un clavo como si esto fuera “un testigo de lo que ha sucedido en nuestra civilización, durante los siglos XX y XXI” ¡No! una cuerda de guitarra pendiendo de un clavo, es tan sólo el reflejo de los mecanismos operativos del arte conceptual contemporáneo, cuyo sentido, a su vez, depende de su calibración por parte un mínimo sector de producción cultural dentro de la vastísima realidad histórica en la que fue concebido. Tatiana Cuevas, erróneamente, deposita en el arte conceptual contemporáneo, los valores simbólicos y de significación que atañen, más bien, a productos culturales del consumo de masas cotidiano, entre los cuales, en definitiva no se hallan las obras de arte conceptuales.

Por otra parte, si bien es de destacar (y de agradecerse) que cada una de las obras cuente con su respectiva cédula explicativa; los diferentes rubros en los que se ha articulado la exposición, terminan siendo redundantes, reiterativos y, en ocasiones, muy predecibles. Así, en un misma sala, se presentan obras bastante parecidas entre sí, que tratan –de acuerdo al discurso curatorial- exactamente de lo mismo. Este desatino se acentúa si se considera que la muestra está constituida por poco más de 120 obras, una cantidad de trabajos excesiva para este tipo de arte.

¿Cómo hubiera funcionado mejor la exposición? Reduciendo el afanoso intento curatorial por hilvanar un discurso propio a partir de obras que per se llevan ya una importante y compleja carga discursiva. Hubiera bastado con una selección cuidadosa de unas 40 piezas, para haber logrado un recorrido cronológico claro por distintos episodios, highlights y personajes representativos del arte contemporáneo, en conjunto con sus respectivos ecos en el quehacer artístico mexicano. En México, la curaduría de exposiciones de arte “no-contemporáneo” peca de falta de elocuencia y originalidad, mientras que en las de arte contemporáneo, se peca exactamente de lo contrario.

A pesar de lo descrito líneas atrás, vale la pena visitar Rastros y vestigios, si es que se posee un bagaje básico en torno al arte conceptual; en contraparte, si el “nombre” de R. Mutt no le parece familiar, evítese la molestia de ver basura al lado de una ficha que supuestamente da sentido a los disparates de un fulano de tal.

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