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Roger Ballen, Introspective
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Roger Ballen, Introspective

Por: Isaac Hinojosa Padilla.

La luz se sangolotea y baila incontrolable, salvaje. No deja de rebotar por todas partes, alcanza el pubis indefenso del resquicio más profundo. El calor humedece el pelambre de las partes más escondidas. Los cuerpos se cuecen al vapor. Caminas infiltrado entre los escombros y las ruinas prematuras de un territorio con tierra de oro. A tu paso todo un festín producto del trabajo puro, consumen lo que ellos mismos cosecharon (los auténticos “Comedores de patatas” de Vincent). La felicidad plena entre la aparente desgracia. En medio de la vida circundante sobrepasas el umbral de una burbuja que dice orgullosa y rimbombante, “Museo”. La sorpresa sobreviene cuando en un marco ves la exaltación del mundo del que hace unos momentos eras parte; la calle, la suciedad, el ruido, la orgía de la realidad.

Auténticos, los que no tienen miedo de “ser” lo que realmente son, los que no tienen miedo de vivir. Aquella humildad que no se da por falta de recursos sino por voluntad, por humanidad y por siempre tener las raíces bien puestas en el suelo. Las fotografías de Roger Ballen son de barrios sudafricanos pero podrían ser fotos de cualquier otro pueblo y seguirían diciendo lo mismo: la humanidad en su estado puro, noble, inocente, sensible y verdadero. Transmite la vida en crudo, sin adornos vistosos o “agradables” pero dando cabida a la magia. Lo visible junto a lo invisible, lo inmediato abrasando a la profundidad insostenible.

Ver el mundo con otros ojos, cristal que absorbe la vida en carne viva pero la refleja en juego y sinfonía. Es un juego total con los elementos y las formas. Las personas se convierten en un elemento más, en un objeto más que moldea y coreografía el fotógrafo. A veces los convierte en alambres, otras en cables eléctricos, en esculturas o en muñecos. La carne cede a los caprichos del artista para así mezclarse con su propio mundo y sus propios hogares. Presenta imágenes tan vivas que puedes imaginarte en el lugar escuchando la orquesta de ruidos de los diversos animales que presenta o (si fuera un barrio mexicano) escuchando en el ambiente la Arrolladora, Panteón Rococó, Los Ángeles Azules, algún sonidero aledaño o algo más cercano a la realidad de Sudáfrica, el rap.

Aun cuando la construcción de la imagen o escena es evidente en ningún momento es excesiva ni resulta grotesca. Las sombras son duras por el probable uso de flash, pero esto sólo refuerza la inmediatez y la improvisación, el carnaval de juegos que se presenta antes del clic de la cámara que captura el momento.

Cada una de las fotos son dignas de ser observadas por largo rato hasta que el tiempo ya no tiene significado. Cada una grita risas, felicidad y autenticidad pura. No hubo ninguna que saltara abruptamente a mí disgusto pero sí hubo una que hizo que se exaltaran en mí emociones enigmáticas, su nombre, “Niño salvaje”. Un niño está sentado con las piernas cruzadas y un brazo estirado como llamando al espectador o señalándolo con una fuerte pero grácil seña. Al parecer se acaba de zafar de un grillete, está descalzo y tiene una máscara que no deja mostrar sus ojos. Sólo una rata lo acompaña en ese cuarto claustrofóbico. Y un aro de alambre detrás del niño lo envuelve y lo enmarca como una aureola a un santo. Más que la historia o hasta cierto punto la crítica que se pueda interpretar me transmitió una paz increíble, sentir que el tiempo se ablanda y que la gravedad no existe. Resalta su simplicidad compositiva, la delicadeza y cuidado con el que están manipulados cada uno de los elementos, las ligeras grietas del piso y la pared y el destello de vacío, el aire (y tal vez el eco) que crea un cuarto en el que hay más espacio que elementos que lo llenen, el óxido que amenaza a los objetos de metal y a los de carne, el sutil polvo que flota en el aire para cubrirlo todo.

Se me dificultaría demasiado mencionar alguna de las obras expuestas que no me haya gustado puesto que es de las pocas exposiciones en las que he disfrutado cada una de las obras. Aun cuando algunas son muy simples y otras muy cargadas cada una muestra un momento plenamente bello y genuino pero si fuera obligado a decidir diría que la sección “Place of the inside out” que es una colaboración con otro artista en el que se hicieron collages de fotos. Esto me gustó menos porque son imágenes que se mantienen planas y pierden el espacio y el aire de las demás fotos. Fueron las que me engancharon con menos fuerza, las que no me mantuvieron atónito por unos segundos o minutos como las demás.

Roger Ballen tiene un ojo clínico y preciso para capturar la realidad de lo invisible y lo invisible de la realidad. Y a pesar de su intervención manual en la composición resulta tan crudo y natural como un jitomate recién salido de la tierra. Mi descripción general de su obra es “autenticidad”, el retratador de lo auténtico y lo verdadero pero a través de su ojo surrealista y juguetón. Este artista habla directamente y sin escalas al espectador, frente a frente, cara a cara. Te enfrentas en cada una de las fotos al rostro mismo de Ballen pero a la vez confrontas la cara del mundo, el estado físico y mental de la humanidad, sus achaques y sus glorias. La parte más baja de la pirámide social es tomada en cuenta pero se le da el lugar que merece. Dioses, santos y ángeles se descubren en un rostro enlodado.

¡En el monstruo se devela un querubín!

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