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Miguel Ángel y Leonardo en Bellas Artes; una reflexión cualitativa

Por: José Alberto Alavez Castellanos.

En materia cultural, como en muchísimos otros rubros, es habitual que el éxito de los proyectos se mida de un modo cuantitativo y no cualitativo. Bajo este habitual juicio, las exposiciones Miguel Ángel Buonarotti: un artista entre dos mundos y Leonardo da Vinci y la idea de la belleza, presentes en el Palacio de Bellas Artes desde finales de junio, serán calificadas como “un éxito rotundo, avasallador y sin precedentes”… no obstante, habrá que cuestionar si las kilométricas colas y las salas repletas son eco de un verdadero acierto por parte de las autoridades culturales o si más bien, son tan sólo el reflejo del consumo cultural condicionado por el atractivo de las firmas –como marcas comerciales- de los grandes artistas.

Sería absurdo de mi parte y de cualquier otro punto de vista crítico informado, el controvertir la calidad y cantidad de las obras exhibidas. Si bien, más de un visitante puede resultar un tanto decepcionado por no poder apreciar directamente alguna de las masterpieces de Leonardo o Miguel Ángel (porque en efecto, nada de lo que hay lo es), lo que se presenta en Bellas Artes es lo mejor que se podría traer a México y aun si buena parte de lo que se está exhibiendo son meros ejercicios y ensayos plásticos, su valía artística es incuestionable como muestra del enorme talento de dos de los personajes más relevantes en la historia del arte universal. También, resultaría una tarea innecesaria y hasta snob, el tratar de determinar, clasificar y vituperar el perfil –o el “capital cultural”, en términos de Pierre Bourdieu- del público que visita las exposiciones.

Ahora, lo que sí se puede y se debe de calibrar, es el impacto a mediano y largo plazo que pudieran tener muestras con estas características. Con un planteamiento no del todo afortunado, el presidente de Conaculta, Rafael Tovar y de Teresa, justificó cuantitativamente los 17 millones de pesos que costó el montaje y demás cuestiones logísticas relativas a las exposiciones, mediante una relación numérica entre el enorme costo y la enorme cantidad de visitantes que se esperan y que sin duda habrá en las exposiciones.

Aquí, conviene detenernos a reflexionar ¿Es el número de visitantes lo que vuelve valiosa una exposición?, ¿La enorme cantidad de visitantes que visitaron, visitan y visitarán Bellas Artes, tendrá repercusión en los hábitos de consumo cultural de la Ciudad de México y, siendo más críticos aún, a nivel nacional?, ¿La inversión de 17 millones de pesos en un solo proyecto de no más de tres meses de duración, es válida cuando hay un número importante de instancias culturales gubernamentales que padecen del desamparo económico desde hace ya varios sexenios? Estas interrogantes son pasadas por alto por la opinión pública ensalzada por los medios masivos de comunicación, los cuales, en su enorme mayoría continuarán regodeándose en halagos en torno a las muestras renacentistas de Bellas Artes que hoy son vistas por miles, del mismo modo que, hace unos cuantos meses, miles de personas visitaban el Museo Tamayo Arte Contemporáneo para “ver” la exposición de Yayoi Kusama. Hoy día ¿cuánta gente visita el Museo Tamayo? ¿Cuál es el interés del público general por el arte contemporáneo?, ¿Hubo algún cambio en relación a su desconocimiento y las incertidumbres que genera?

En el ensayo Tiempos líquidos de Zygmunt Bauman, el sociólogo polaco plantea que las estructuras sociales ya no perduran el tiempo suficiente como para volverse sólidas y así, convertirse en marcos de referencia para la acción humana; esa es la “modernidad líquida”. Las políticas culturales de esta “modernidad líquida mexicana”, apuestan por exposiciones temporales que generan un enorme impacto temporal, que por un rato logran la atención de miles de personas, pero a que la larga, no se convierten más que en cifras batidas, récords de asistencia rotos… proyectos efímeros que reciben toda la atención algunos meses, pero que no desembocan en nada ni generan un verdadero hito en el desarrollo, consumo y/o aprecio del arte.

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