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Jonathan Muzika, Vista de la exposición “Gauguin: Metamorphoses”. Fotografía digital, 2014. Propiedad MoMA.
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El otro Gauguin. Su metamorfosis

Por: Carlos Segoviano.

La renovación fue uno de los elementos más importantes en la existencia de Paul Gauguin. El desencanto con su vida como agente de cambio en la Bolsa de París, lo llevó a la extraordinaria decisión de hacer de la pintura su profesión a los 35 años, a pesar de tener que sostener a su esposa Mette y a sus 5 hijos, además de tan sólo ser un artista amateur de fines de semana. Tras relacionarse con los impresionistas y con van Gogh, la obra de Gauguin terminó por apartarse de los cánones de la pintura académica del siglo XIX, en especial, por su uso radical del color.

Los trabajos de paisajes poblados por poderosos naranjas y amarillos chillantes, que sólo contrastan con la piel obscura de las mujeres que retrató en el Pacífico; constituyeron la más reciente exposición en el MoMA de Nueva York, con la particularidad de que “lo obscuro” ocupó primordialmente a la muestra titulada, Gauguin: Metamorphoses.

Al final de su vida, Paul Gauguin realizó dos viajes a Tahití que terminaron por cambiar su trabajo: antes poblado de bretonas, después, por exuberantes mujeres de piel morena. En 1891, llegó por primera vez a la isla en búsqueda de un territorio no contaminado por la sociedad occidental. De este viaje da cuenta su diario titulado Noa Noa, el cual fue ilustrado con una serie de grabados que el pintor francés, casi simultáneamente, llevó al óleo. La repetición y transformación de imágenes en diversos medios, justo es el meollo de Gauguin: Metamorphoses, exposición que incitó a la reflexión en torno a las diferentes características de la materialidad de las obras y que por tanto, se puede vincular a las palabras de Marshall McLuhan;“El medio es el mensaje”.

Dentro de la exposición, sobresalió el uso de la xilografía al hilo por parte de Gauguin, quien como antecedente de los expresionistas alemanes, creó una serie de grabados que por la expresividad de las líneas y el contraste de claroscuros, se muestran cargados de un sentido de misterio no presente en sus pinturas, como es el caso de Nave Nave Fenua, en donde un lagarto parece asechar a una tahitiana, a diferencia del óleo, donde la flor, por su color, adquiere mayor importancia . En 1894, Gauguin regresó a París como consecuencia de una enfermedad ocular, el tallado tosco de sus xilografías fue celebrado por Degas y por el crítico Charles Morice, con quien Gauguin realizó la publicación de Noa Noa.

Paul Gauguin, <i>Mujer tahitiana con espíritu maligno</i>, c.1900,<br />
dibujo transferido del óleo, 56.1x 45.3 cm. Colección privada.
Paul Gauguin, Mujer tahitiana con espíritu maligno, c.1900,
dibujo transferido del óleo, 56.1x 45.3 cm. Colección privada.
Paul Gauguin, <i>Manao tupapau</i>, 1892, óleo sobre lienzo, 72.4x92.4 cm.<br />
Albright-Knox Museum, Buffalo.
Paul Gauguin, Manao tupapau, 1892, óleo sobre lienzo, 72.4x92.4 cm.
Albright-Knox Museum, Buffalo.

El contraste entre pintura y otros medios es claro en la obra titulada Manao tupapau; en su versión al óleo, destaca la mujer recostada en primer plano, que por su desnudez, recuerda a la serie de Venus y odaliscas de la Historia del Arte, pero con un sentido renovador por presentar a una mujer de rasgos negroides, que tiene como antecedente inmediato a la prostituta de la Olympia de Manet, pintura que Gauguin admiraba y de la cual poseía una postal en Tahití. El dibujo, por su parte, da preeminencia al personaje que representa al espíritu de los muertos, ya que está en mayor cercanía a la mujer, con lo que su rostro –más bien máscara– resulta tenebroso,  en particular por el juego de claroscuros con los que fue realizado.

Otra sorpresa de la exposición fueron las esculturas en madera de Gauguin, poco conocidas por su escasez y que, probablemente, comenzó a realizar de forma continua  a su regreso a Europa, como da cuenta Oviri Salvaje de 1894. No obstante, en su viaje a Tahití, el artista francés observó cómo los colonos católicos habían transformado a la isla, por lo que le interesó retornar a ella un año después para estudiar sus creencias ancestrales y su tradición escultórica. Ya Gauguin había tenido un contacto con la cerámica inca, como reminiscencia de la herencia de su familia peruana con quien vivió de niño. No obstante, en lo personal me parece que estos trabajos no muestran un gran dominio de la técnica, a diferencia de la escultura en madera, donde Gauguin logra la realización de obras que bien podrían parecer haber sido elaboradas por los mismos nativos de la ínsula.

La pintura, aunque se presentó en menor en cantidad, se centró en las últimas creaciones del pintor francés cuando enfermó de sífilis y deprimido por la muerte de una de sus hijas, parece que atemperó su carácter, creando óleos donde los colores disminuyeron de intensidad, apareciendo sobre todo los violetas y un rosa pálido, cromatismo que  para algunos críticos, resulta una anticipación del periodo rosa de Picasso.

Aunque la probabilidad de que esta exposición venga a México es remota, esperemos que algunos connacionales la hayan visitado y que los institutos y bibliotecas especializadas en arte del país, adquieran el catálogo.

Paul Gauguin, <i>Oviri</i>, 1894, arenisca, 75x19x27 cm. Musée d’Orsay, París.
Paul Gauguin, Oviri, 1894, arenisca, 75x19x27 cm. Musée d’Orsay, París.

Pinturitas, pintaderas y pintarrajeadas es una columna semanal que reseña diversas exhibiciones de artes plásticas, así como importantes eventos para la Historia del Arte. El nombre está inspirado en la columna que realizara el crítico de arte mexicano Roberto Furia para el periódico Excélsior en los años 40 y 50: Pintores, pintorerías y pintoretes. El propósito de los textos publicados en este espacio es no sólo recuperar las obras expuestas en museos, sino además incntivar la discusión en torno a otro tipo de expresiones, como la arqueología o las manifestaciones urbanas actuales.

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